Una historia real que nos enseña la forma más pura de amar el fútbol base. Un abuelo, una reja y una promesa a su nieto nos recuerdan que, a veces, el mejor grito de aliento es dejarles jugar en paz.
Lo vi de lejos. Estaba apoyado en la valla, mirando con una atención inquebrantable el partido. Pero había algo diferente en él: no gritaba, no corregía la posición, no se alteraba con el árbitro. Solo estaba allí, presente, con una calma que contrastaba con el ruido habitual de la banda.
La curiosidad me pudo y me acerqué. —»Disculpe, ¿a quién apoya usted con tanta atención?» —le pregunté.
Sonrió con ternura y señaló al campo. —»A mi nieto. Es el delantero.»
Esperé un comentario sobre sus goles o su futuro como profesional, pero su respuesta fue una lección de vida que resuena en los cimientos del C.D. Los Arcos de Sonseca:
—»Antes de salir de casa me pidió una sola cosa: ‘Abuelo, no me grites instrucciones, déjame disfrutar’. Y eso hago. Disfruto en silencio de verla feliz.»
Ese abuelo nos dio una clase magistral sin mover los labios. En un mundo donde a menudo la presión ahoga el talento, él entendió que el verdadero objetivo es que el niño/a se divierta. Como decimos en nuestro club: «El verdadero trofeo es ver a tu hijo/a feliz».
Respetar su espacio, dejar que se equivoquen y que tomen sus propias decisiones es el mayor regalo que podemos hacerles desde la grada.



